Es momento de que las instituciones vuelvan la mirada, aunque sea parcialmente, hacia el pasado. Sin
necesidad de regresar por completo a las prácticas antiguas, resulta necesario recuperar ciertas actividades que
permitieron a nuestros antepasados mantener un vínculo más estrecho con la naturaleza, alimentarse de lo que
cultivaban y disfrutar de una vida más tranquila, menos estresante e influenciada por la presión de los medios. Una
época en la que no existían tantos distractores tecnológicos ni una carrera constante por poseer los aparatos más
modernos para mantenerse conectados con el mundo.
Por otro lado, en el ámbito educativo, se ha delegado el trabajo del campo y la producción de alimentos
exclusivamente al campesino, cuya presencia es cada vez más escasa. En varios países de América latina, como en
México y Perú es común ver terrenos completamente abandonados, porque ya casi nadie cultiva la tierra. Durante
años, la enseñanza escolar se ha limitado a mostrar que un frijol puede germinar si se coloca en alcohol o en agua,
y que eventualmente puede convertirse en una planta que dará frutos. Sin embargo, ahí termina el experimento. No
se fomenta la formación de hábitos, ni se promueven procesos de largo plazo, ni se establecen objetivos concretos
de cosecha relacionados con estos temas.
Solo en las instituciones dedicadas a la agronomía se enseñan de manera integral los conocimientos
necesarios para trabajar la tierra, convirtiendo a los estudiantes en verdaderos expertos del campo. Sin embargo,
incluso con la existencia de estas instituciones especializadas y con los esfuerzos de la educación general por
resaltar la importancia del trabajo agrícola, aún persiste una deuda pendiente: la necesidad de construir un modelo
de justicia social más inmediato, que permita a cada país avanzar hacia la seguridad alimentaria con soberanía y
equidad.
Además, si se piensa en muchos factores que afectan esa soberanía alimentaria como el cambio climático
y la falta de saber trabajar el campo, de no saber cómo cosechar plantas de traspatio o de sembrados en techos,
también esto ha hecho que quien menos tiene sufra por la escasez del alimento en algunos lugares además de
generar ocio que lleva a otros problemas sociales de los que no hablaremos aquí. En un escrito de las Naciones
Unidas publicado recientemente se manifiesta que el cambio climático aumentará el hambre y la malnutrición que
empeorará las condiciones de vida de agricultores, pescadores y de quienes viven de los bosques y las poblaciones,
ya de por sí vulnerables y en condiciones de inseguridad alimentaria, se enfrentan a amenazas crecientes. En diversos
estudios como World Food Programme (WFP, 2025) Global Network Against Food Crises (GNAFC, 2025) y la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO et al., 2025) pronostican que el
hambre y la malnutrición aumentarán, generando impactos recurrentes sobre los seres vivos, incluyendo plantas,
humanos, ganado y especies de pesca. Asimismo, los ecosistemas acuáticos, como mares, ríos y océanos, y la tierra
misma se ven afectados por fenómenos como la deforestación, la propagación de plagas, el calentamiento del agua,
las emisiones de gases de efecto invernadero y la pérdida de cosechas. Estos factores provocan la muerte de ganado,
eventos climáticos extremos, sequías e inundaciones. En los seres humanos, las consecuencias se traducen en
enfermedades, hambre, desnutrición y mortalidad. Si la situación actual persiste, se estima que el cambio climático
podría afectar aproximadamente a 200 millones de personas en las próximas décadas en todo el mundo, cuyos
medios de vida dependen de la pesca y la acuicultura y relacionando esto con la seguridad alimentaria, se considera
que todas las personas deberían tener acceso a alimentos que nutran y no solo llenen el estómago. Sin embargo,
pocas veces se reflexiona sobre quienes no tienen nada que comer en un día. Los informes indican que, en 2023,
más de 700 millones de personas experimentaron hambre y muchas de ellas se fueron a dormir sin haber probado
bocado o consumieron alimentos insuficientes o carentes de valor nutricional.
La alimentación es una necesidad humana fundamental que va más allá de simplemente llenar el estómago:
todas las personas deberían tener acceso a alimentos nutritivos que satisfagan sus requerimientos de salud y
desarrollo. Sin embargo, la inseguridad alimentaria es una realidad persistente en muchas regiones del mundo.
Según la FAO et al. (2025), entre 713 y 757 millones de personas enfrentaron hambre en 2023, lo que representa
más de una de cada once personas a nivel global. Además, alrededor de 2.33 mil millones de personas padecieron
inseguridad alimentaria moderada o grave, lo que significa que no tuvieron acceso regular a alimentos adecuados y
nutritivos durante ese año.
Este panorama no solo afecta la disponibilidad de alimentos, sino también el acceso económico, la utilización
biológica y la estabilidad de los sistemas alimentarios, que son las cuatro dimensiones de la seguridad alimentaria